Archivos para 21 octubre 2010

21
Oct
10

León.

-¿Te acuerdas de que era perfecto, pero me faltaba un corazón? Pues me he comprado uno. ¿Me falta algo ahora?-.
(Reconstruyendo).

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León se despierta en mitad de la noche, sentado en su sillón. Se levanta, coge la pistola que descansa a su lado y, cruzando la habitación, la pone en la sien de Matilda, que duerme plácidamente.

Le tiembla el pulso, pero sabe que tiene que hacerlo. Sabe que su vida depende de que se arranque esa espina. Sabe que es ahora o nunca, que si no aprieta el gatillo, tarde o temprano su corazón le colocará entre una bala y esa niña que acaba de entrar en su vida sin un mísero “¿se puede?”.

Las gotas de sudor le resbalan por la frente, rodando por detrás de los cristales oscuros de sus gafas de Lennon.

Sabe que tiene que hacerlo. Lo sabe. Mil voces resuenan en su cabeza, y se enredan en los nudos de su cerebro, intentando encontrar el axón que active el dedo adecuado. El instinto de conservación aúlla, rabioso, notando la traición inminente de una capacidad de raciocinio que parece haberse pasado al enemigo. En la lucha entre ambos, el pulgar acepta órdenes y amartilla el revólver, que ya sólo necesita que el índice recuerde a quien le debe lealtad para iniciar la reacción en cadena que acabará con el peligro.

Es tan fácil mover un dedo… y, sin embargo, su índice parece estar ahora relleno de cemento. Inarticulado. Desobediente, como el resto de las funciones importantes de su cuerpo.

León desiste. La promesa intangible de un mañana mejor siempre podrá con la sólida certeza de una muerte por la espalda, porque si algo caracteriza al ser humano es esa estupidez disfrazada de esperanza.

De camino a su sillón, León deja el arma en el mismo lugar en el que la ha dejado todas las noches desde que llegó a esta ciudad. Nunca había tenido motivos para utilizarla, pero está claro que algo ha cambiado desde aquel día en la escalera.

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Porque la bala más letal del mundo está hecha de carne y hueso.