21
Abr
09

Este.

Minsk, May 2008.

-Never go to bed mad. Stay up and fight-.
(Phyllis Diller).

.

Ese frío que parece salido de esas pesadillas en las que de repente te das cuenta de que estás desnudo en un lugar público. Ese mismo frío que, dos noches después, te parece parte del paisaje y que incluso echas de menos cuando te falta, porque con él hasta el antro más inmundo parece el hogar más acogedor del Planeta.

Los medios de transporte público antiguos, soviéticamente funcionales, puntuales hasta la nausea y tan eficientes que hacen imposible cualquier excusa cuando llegas tarde.

Los platos de comida capaces de alimentar a un par de ejércitos en retirada, y su ausencia de postre.

La cerveza checa.

El vodka ruso.

El zubrovka bielorruso.

Los ojos “en los que podrías nadar durante horas”.

Los edificios abandonados que te permiten soñar con un futuro como dueño de bar, de sala de conciertos, de centro cultural, de ONG, de galería de arte, de casa okupa o de complejo de Laser-Tag.

Las calles adoquinadas, con vías como venas en la muñeca, por todas partes.

Los días de cuatro horas de luz con olor a vino caliente en invierno, y de veinte horas y olor a salchichas fritas en verano.

Los atardeceres desde Riegrovy Sady o Vysehrad.

Las avenidas en las que caben cuatro Paseos de la Castellana, uno al lado del otro.

El queso ahumado en hebras.

El borsch de tu madre.

Los pomidori y ogurky.

Fumar en la ventana al llegar a casa después de una noche memorable.

Ir a buscarte al trabajo, cenar en Velryba y acabar en Cekarna, destruyendo, por ejemplo, la política en materia de integración de la Unión Europea.

Los conciertos a 20€.

Los viajes en tren, eternos, baratos, incómodos y tremendamente adictivos. El olor a té de los vagones, el sonido de las cucharillas, el podstakan completamente barroco, las azafatas con aire militar que te tratan como si fueses su hijo. Las babushkas que te acosan con su comida recién hecha, envuelta en papel de periódico.

Los bloques de viviendas, que podrían ser fábricas de tractores o instalaciones militares, y en los que algo, aparte de su escandaloso tamaño, no encaja.

Tu tetera, que sonaba como la Filarmónica de Viena cada vez que el agua estaba lista.

Tu dacha, y tu sauna.

El personal de hostelería que parece que te va a escupir en la comida, pero que sonríe cuando amagas cuatro palabras en su idioma, y acaba tratándose como a un miembro de la familia en cuanto ve que no eres un turista.

Bratr.

Los cigarrillos de furcia que fuman todas las mujeres.

El pasado por todas partes, supuestamente asimilado pero completamente presente. La Historia en el ambiente, en el aire, en cada esquina y cada pasadizo o cada campo ahora arado, seguramente antiguo campo de batalla de más de tres guerras.

La lejanía del mar. De cualquier mar. De nuestro concepto de “mar”, con su sol, su tranquilidad y su vida de playa.

La sensación de estar en otro planeta, aunque todo apuntase a que la Humanidad andaba más cerca y más humana que nunca, a juzgar por los estragos visibles en el entorno y sus gentes.

Los bosques, negros como los que te imaginas cuando eres pequeño y te están contando “Pulgarcito”.

La llegada de la primavera, con su explosión de vida en todos los sentidos. Cómo la gente se animaliza, y lo que antes era un infierno se convierte en un paraíso.

Los idiomas, al principio completamente extraterrestres, y luego completamente familiares. El sonido duro del checo, y lo acuoso del ruso.

Ir por la calle y no entender lo que dice la gente, con la paz y la tranquilidad que eso conlleva.

Las inscripciones en cirílico. El hacek por todas partes.

La libertad. La enorme libertad. Y esa sensación de que aún hay tantas cosas por hacer que van a tardar mucho tiempo en ponerle puertas al campo y convertir aquello en esto.

.

El despertarte por la mañana, y sentir que, si quieres, no tienen por qué existir los límites.

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